Uno de los cinturones defensivos medievales mejor conservados de Madrid.
Alcalá de Henares posee un valioso patrimonio defensivo que testimonia su importancia estratégica durante la Edad Media. La ciudad fue protegida por dos recintos amurallados sucesivos, levantados entre los siglos XIII y XV como respuesta a las necesidades defensivas de la época. Tras la conquista del arzobispo Bernardo de Sedirac en 1118, la villa experimentó una etapa de prosperidad gracias a los privilegios comerciales otorgados por los monarcas castellanos. Esta prosperidad exigía protección, razón por la cual el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada decidió amurallar la villa medieval en la segunda mitad del siglo XIII, dándole forma circular y dotándola de siete puertas que controlaban el acceso a un espacio intramuros de 37 hectáreas.
Durante el arzobispado de Pedro Tenorio, entre 1377 y 1399, se reedificaron amplias zonas de la cerca amurallada que rodeaba el Palacio Arzobispal, conformando así una fortaleza defensiva de considerable envergadura. Este conjunto contaba con 22 torreones rectangulares, de los que en la actualidad se conservan dieciséis. El arzobispo Tenorio dejó su marca personal insertando su escudo en algunos de estos torreones, incluido el que lleva su nombre, situado junto a la plaza de las Bernardas.
Hacia 1454, el arzobispo Alonso Carrillo de Acuña amplió significativamente el recinto defensivo hacia el este para abarcar el crecimiento urbano extramuros. Esta nueva muralla incorporó la plaza del Mercado, actual plaza de Cervantes, y el monasterio franciscano recientemente fundado. La ampliación incluyó nuevas puertas estratégicamente ubicadas y se completó alrededor de 1475, aumentando considerablemente el espacio protegido. En 1565 se contabilizaban treinta y nueve torreones rectangulares con construcción de fábrica mudéjar, caracterizada por el uso de ladrillo, mampuesto y tapial.
Hoy subsiste prácticamente intacta la fortaleza arzobispal del segundo recinto, con un lienzo de aproximadamente setecientos metros que rodea al Palacio Arzobispal, acompañado de dieciséis torreones defensivos, además de la Puerta de Madrid y el Arco de San Bernardo. Estas murallas desempeñaban funciones múltiples: constituían la defensa militar de la ciudad, permitían controlar los accesos y establecían el límite jurídico y fiscal entre los pobladores privilegiados del interior y los habitantes menos favorecidos del exterior. Recorrer estos restos es adentrarse en la historia medieval alcalaína, comprendiendo cómo la arquitectura defensiva moldeó la vida urbana y sentó las bases del esplendor renacentista que la ciudad alcanzaría siglos después.